Muchos están tan atrapados en su mente que la belleza de la naturaleza no existe para ellos. Pueden decir:"¡Qué flor tan hermosa!" Pero eso no es más que una etiqueta mental aplicada mecánicamente. Como no están en un estado de quietud, como no están presentes, no llegan a ver realmente la flor, no sienten su esencia, su cualidad sagrada, y tampoco se conocen a sí mismos ni sienten su propia esencia y sacralidad.
Como vivimos en una cultura totalmente dominada por la mente, la mayor parte de las obras artísticas, arquitectónicas, musicales y literarias no tienen belleza ni esencia interna, aunque hay algunas excepciones. La causa de este estado de cosas es que los autores no pueden liberarse de su mente ni por un momento. Por eso nunca llegan a estar en contacto con ese lugar interno de donde surgen la belleza y la verdadera creatividad. Dejada de sí misma, la mente crea monstruosidades, y no sólo en las galerías de arte. Observa nuestros paisajes urbanos y nuestros páramos industriales. Ninguna otra civilización ha producido tanta fealdad.
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